LAS MIRADAS DE LA INDIA

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OM VIAJES Y RELATOS

“Las palabras están llenas de falsedad o de arte, pero la mirada es el lenguaje del corazón”.

(William Shakespeare) 

Ganesha

Las miradas de la India: Aprendí hace mucho tiempo que nuestra mirada habla desde el alma y, a diferencia de nuestras palabras, no sabe mentir. Nunca habrá nada tan sincero como una mirada: La mirada no entiende de idiomas, ni de matices de palabras. La mirada se muestra desnuda y expresa de forma transparente y pura nuestros sentimientos a través de nuestros ojos.

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En la India la mirada es la fórmula magistral de comunicación. En mi reciente viaje a la India (pincha en el enlace para más detalles) descubrí que las palabras no importan, ni tan siquiera a veces la entonación empleada. El indio desconfía de los extranjeros por naturaleza. Mira profundamente y casi de forma intimidatoria nuestra mirada, y el sentido de nuestras palabras. Sólo a través de una mirada noble se mostrará cercano y atento al visitante. Me llamó poderosamente la atención el movimiento curioso de sus cabezas: Si el indio se ve sorprendido o queda bloqueado por algún comportamiento que no comprenda, girará la cabeza nerviosamente de un lado a otro varias veces.

Aprendí que el contacto visual en la India es la herramienta básica de comunicación, y una sola mirada sincera y alegre puede abrir muchas puertas. También en sentido contrario, en los ojos de las gentes de la India, descubrí miradas muy interesantes y llenas de múltiples significados.

Aprendí a leer miradas profundas, miradas que llegaron a fascinarnos…

Recuerdo especialmente la mirada fija de aquel “shadhu” o asceta hindú con el que nos topamos de forma casual, meditando en una cueva en la que vivía, en la Ciudad Sagrada de Hampi (pincha en el enlace para leer el artículo). Una mirada penetrante y transparente, pero llena de bondad y sabiduría… 

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Los “shadhus” o ascetas hindús siguen un camino de austeridad y penitencia para llegar a la iluminación. Es la cuarta y última fase de la religión hindú, después de haber estudiado, de haber sido padres y, finalmente, peregrinos. Muchos shadhus siguen el ejemplo de Shiva: llevan un tridente de forma simbólica, y se pintan tres rayas en la frente que simbolizan la destrucción de las tres impurezas (egoísmo, deseo y maya). Dedican su vida a la meditación, a los rituales, y al yoga. Sus túnicas lucen un colorido tono azafrán, símbolo de la bendición con sangre de la diosa Parvati, consorte de Shiva.

Sus opuestos son las Sadhvi, las llamadas “mujeres santas de la India”, que después de enviudar no encuentran otro camino que el de convertirse en “santas” para no estar al margen de la sociedad. Suelen encontrarse cerca de los ríos, donde viven de forma austera en su aprendizaje hacia la muerte.

Existen cientos de leyendas en torno a estos ascetas, como las de los shadhus centenarios que habitan en los bosques del Himalaya practicando yoga, y ayunando durante meses. Leyendas quizás, pero como toda leyenda, encierran una parte de verdad en todas ellas.

En nuestro periplo por la India descubrimos también falsas miradas, como la de aquel pícaro caradura disfrazado de santón, deseando salir en la foto, a cambio de unas generosas rupias. Y es que la India está llena de personajes buscavidas y timadores, rinconetes y cortadillos de poca monta, que se ganan la vida con los turistas, a cambio de, si es necesario, vender su alma.

Descubrimos también miradas mudas, como la de aquel monje tibetano “que ejerciendo su voto al silencio” y sólo a través de su mirada y gestos lentos de sus manos, nos abrió hospitalariamente las puertas de su universo mágico: “un monasterio tibetano” (pincha en el enlace para leer el artículo) situado entre bosques y cerrado a las visitas”. Con tan sólo una mirada humilde y llena de paz, leyó un mensaje de honestidad e interrogantes en nosotros y quiso que lo descubriéramos, abriéndonos los portones del monasterio, e invitándonos a conocer su mundo de quietud. 

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Allí nos dejó solos, durante un largo tiempo, de forma confiada, en un mundo silencioso muy ajeno a nuestro mundo conocido. Una confianza altruista, pero ganada a través de una simple mirada. Un gesto que le agradeceremos siempre,y que se convirtió, sin duda, en uno de los momentos mágicos de nuestro viaje a la India.

Por las carreteras de Karnataka, recorriendo aislados caminos alternativos porque la carretera principal estaba cortada, nos adentramos en las profundas y polvorientas aldeas de esos caminos del sur, y allí descubrí la mirada más inquietante y auténtica que he visto jamás: la mirada de una gitana anciana que caminaba por la carretera con la mirada perdida.

Engalanada con grandes aros dorados en su nariz, y vestida de llamativos colores, con su melena canosa suelta, descubrí en ella una marida vacía, sobrecogedora, embrujada… llegando a despertar incluso cierto temor en mi.  Era una mirada vacía, sin color, ni energía, casi de muerta en vida… Una mirada estremecedora.

Quiso nuestra suerte que conociéramos a muchos niños de miradas dulces e ingenuas, y ojos negros que brillaban como estrellas. Niños de eternas y felices sonrisas.

Otros más mayores se acercaban a mi hijo con cierta curiosidad y espontánea sinceridad entonando siempre las mismas preguntas: Which country?, what´s your name?…

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Algunos iban más a allá y con cierta picardía nos pedían dinero. Al enfrentarse a la negativa, la mirada se tornaba entonces en desconcierto pasajero: miradas cortas, divertidas y traviesas, que se alejaban corriendo en busca de algún otro turista al que conquistar.

Pero las miradas que más me cautivaron fueron las miradas de simpatía y calidez de las mujeres indias. Con una mezcla de curiosidad y cariño, aquellas mujeres (con mayúsculas) madres como yo, me lanzaban sonrisas cómplices y bellas miradas y gestos de afecto. A veces, intercambiábamos palabras, otras veces no era necesario. Miraban a mi hijo y me sonreían. Eran madres con miradas de ternura: El lenguaje universal del amor materno. 

Las miradas de la India

Nos encontramos con muchas jóvenes, algunas especialmente bellas, de ojos rasgados y miradas exóticas. Descubrimos en aquellos días miradas con interrogantes, miradas que quieren saber y sin embargo, no pueden obtener respuesta. Miradas inocentes y limpias, pero llenas de inquietud.

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En uno de nuestros viajes en tren nocturno desde Bangalore, compartimos trayecto con un joven indio muy sociable. Tenía sin embargo, una mirada cansada, extenuada, pero que parecía albergar esperanzas a una vida mejor. El joven era un informático que trabajaba en Bangalore, en uno de esos antros informáticos que practican el llamado “bodyshopping” o “compra de cuerpos”, y su historia nos pareció estremecedora.

El chico, que guardaré en el anonimato, vivía en un estudio diminuto que compartía con varios compañeros más que se encontraban en la misma situación que él. Trabajaba para una compañía india de “apaños informáticos” que le explotaba brutalmente a cambio de ofrecer sus servicios subcontratados a grandes multinacionales europeas y norteamericanas muy conocidas. Trabajaba día y noche, a cambio de unas míseras rupias, y un par de días libres al mes, siempre con la esperanza  de que algún día su trabajo fuese valorado y así poder obtener un futuro económico mejor. Descubrí en él una mirada joven, pero anciana al mismo tiempo. Nos contó, orgulloso de su trabajo que, años atrás, gracias a muchos como él, trabajando desde la India, el problema informático de las empresas occidentales del año 2000 pudo ser solucionado.

Bangalore, la capital de los sueños cibernéticos, el mal llamado “Silicon Valley indio”, esconde tras la fachada de modernidad y progreso, una realidad brutal y estremecedora.

También descubrimos en la India la triste mirada de la pobreza. La mirada sin ilusión, la mirada de aquél que lo ha perdido todo, y ya no tiene nada. Miradas tristes sin futuro. Miradas que lo dicen todo. Miradas que son ventanas del alma.

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Así es la India: el país de las miradas, el país de los sentidos. En la India hay que observar, permanecer en silencio, y aprender. Descubrimos que esa es la mejor forma de llegar a conocerla. Pero una vez que penetras en su interior, la India y sus miradas dejan para siempre una huella imborrable en el alma.

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