LAS MUJERES JIRAFA DE TAILANDIA: LA OTRA CARA DE LA REALIDAD

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“VIAJAR ES LO ÚNICO QUE COMPRAS Y TE ENRIQUECE MÁS”….

LAS MUJERES JIRAFA DE TAILANDIA

Hace tiempo que quería contar esta historia: Las Mujeres Jirafa de Tailandia siempre han suscitado mucho interés, curiosidad, y cierta polémica, en los viajeros que visitan Tailandia. Por ese motivo, y a través de este relato, quiero dejar constancia de su cruda realidad, y reflejar los sentimientos encontrados que nos generaron conocer a estas Mujeres Jirafa en el norte de Tailandia.

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Cuando viajamos al Norte de Tailandia, a la ciudad de Chiang Mai, nos hablaron de la existencia de un lugar situado a poco más de una hora en coche de la ciudad y escondido entre los bosques, donde era posible visitar un poblado tribal turístico donde habitaban una mujeres de la Tribu Karen, conocidas popularmente como las “Mujeres Jirafa”, en alusión a sus cuellos largos enroscados por anillos dorados. Quisimos visitarlo, nos gusta observar las cosas de primera mano, así que con mucha curiosidad, y sin saber muy bien qué esperar, contratamos a un taxista para que nos llevara hasta el poblado de las Mujeres Jirafa de Tailandia.

Situado en las verdes y húmedas selvas del norte de Tailandia, pero de fácil acceso por carretera, se sitúa el pequeño poblado Karen Padaung, también conocido como el poblado de “Las Mujeres Jirafa”.

poblado-tribus-TailandiaLa primera impresión fue bastante decepcionante: un recinto cercado pero con puertas abiertas, y una taquilla de acceso, en aquel momento cerrada, pero que presagiaba “a golpe de talonario” el lugar donde se “exhibían” esas mujeres jirafa.

A través de los portones se adivinaba un pequeño poblado de casas modestas de bambú, tiendecitas, y coloridos tenderetes repletos de telas,  brillantes sedas, baratijas, y variopintos suvenires,  rodeados de calles sin asfaltar llenas de barro, y charcos donde los pollos y los gallos campaban a sus anchas. Olía a leña quemada, y pronto divisamos en una de las casas de bambú con tejadillos de paja completamente abierta a la intimidad del hogar, un gran caldero sopero abandonado a su suerte, que cocinaba a fuego lento las delicias culinarias de aquél día: Fuimos a primera hora, y éramos los primeros y únicos visitantes de aquel lugar.

Atravesamos los portones sin saber muy bien qué íbamos a encontrarnos, pero presagiando el circo turístico con el que nos íbamos a enfrentar. Anduvimos por la calle principal, declinando las ofertas de las mujeres que allí sentadas en sus puestos nos animaban, con gestos de complicidad, a acercarnos a las mesas llenas de brillantes quimeras, para que les compráramos algún detalle de los miles de tesoros que exhibían en cada una de ellas. Son situaciones que me incomodan muchísimo porque ves que la búsqueda de la experiencia auténtica es inexistente, y lo último que te apetece es, en ese momento, soltar dinero a cambio del falso espectáculo.

Reconozco que cuando visitamos este lugar sabíamos muy poco del drama de estas mujeres, y fue precisamente al hablar con una de ellas, cuando mi percepción de la situación y de los hechos, cambió por completo dando un giro inesperado.

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Allí conocí más íntimamente a una de esas Mujeres Jirafa, de nombre Macieng, con la que mantuve una larga e interesante conversación. Esta mujer me transmitió una ternura y una paz en sus palabras a la que nunca me había enfrentado con una extraña, y gracias a ella, puede entender la tragedia que se esconde detrás de cada uno de los rostros sonrientes que se exhiben al turista curioso, como único medio de vida. Entonces supe que no podría juzgarlas nunca más.

Las mujeres de la Tribu Padaung (Yan Pa Doung) se conocen como las “mujeres de cuello largo” o como “Las Mujeres Jirafa”. Según cuenta la historia, los antepasados de las “Mujeres Jirafa” llegaron a la antigua Birmania, hoy conocida como Myanmar, hace 2000 años desde el desierto de Gobi (Mongolia).

Más tarde, las “Mujeres Jirafa” fueron prácticamente desplazadas hacia el estado de Kayah, al este del país, para luego huir, debido a la guerra civil birmana, hacia el norte de Tailandia. Padaung es la tribu de mujeres que lleva los adornos conocidos como anillos de cuello, aros de bronce que se colocan alrededor de la garganta para alargar sus cuellos. Estos anillos dorados que también se colocan en las piernas y tobillos, hacen que las mujeres se vean como un dragón, que es una figura importante en su cultura, y según su milenaria tradición, las hace más bellas. Pero la sensación de cuello largo, es realmente consecuencia  de la deformación que se produce en la columna, y el deterioro de la musculatura en la zona entre el cuello y los hombros, que produce su hundimiento.

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A finales de 1980 y principios de 1990, muchas personas de esta tribu huyeron a Tailandia, escapando de la dictadura birmana que intentaba acabar con ellas, y ahora viven en las montañas del país de Siam con un estatus jurídico incierto: No se les reconoce como ciudadanos birmanos, ni tampoco tailandeses. No tienen ningún derecho, no pueden trabajar, carecen de papeles de identidad oficiales o pasaporte, y son personas con estatus de refugiados invisibles al gobierno. Su único medio de vida es, por tanto, las fuentes económicas generadas a través del turismo.

Cuando vi a Macieng sentada bajo el tejadillo de bambú de su austera cabaña, enseguida la reconocí: Había visto su rostro en decenas de folletos turísticos, y hasta en documentales de la televisión (grabó una interesante entrevista para National Geographic, entre otros). Macieng llevaba un par de docenas de aros de bronce al cuello y como el resto de las “Mujeres Jirafa” del poblado, se ganaba la vida vendiendo suvenires a los turistas.

Me acerqué a hablar con ella, y enseguida me cautivó con su voz serena y casi susurrante. Macieng y yo “conectamos” de inmediato. Aquella mujer me abrió su corazón: Me contó su dramática historia, me enseñó fotos de cuando era niña en Birmania durante la guerra, y de cómo había llegado a Tailandia en su adolescencia, huyendo que los dictadores militares birmanos, que habían llegado a asesinar a parte de su familia.

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Me contó que el gobierno birmano obligaba a las diferentes familias de la etnia Karen a entregar casi todos  sus ingresos al estado. Y cuando éstos no eran lo suficientemente altos, castigaban a la familia, y reclutaban a uno de sus miembros masculinos obligándoles a pertenecer a su ejército. El gobierno birmano despreciaba a las minorías Karen.

Parte de su familia fue fusilada, a otros se los llevaron a la guerra para no volver a verlos jamás. La guerra merodeaba las zonas cercanas a la aldea en la que vivían, y era común ver y oír explosiones alrededor. Me contó, con un hilo de voz, que fue entonces cuando decidieron huir de la opresión: El miedo finalmente les pudo, y decidieron dejarlo todo para refugiarse en territorio tailandés. Tuvieron que caminar durante una semana por la selva hasta poder llegar a la frontera de Tailandia….

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Aquella mujer de facciones duras, pero serenas, y eterna sonrisa, me narró con detalles el duro camino que tuvo que atravesar, en su adolescencia, para cruzar la frontera hacia Tailandia y el llamado “Triangulo de Oro”, donde en aquellos años los narcotraficantes de opio y contrabandistas, campaban a sus anchas.

En su limpia mirada pude ver cómo los ojos de esta valiente mujer habían observado la muerte de cerca, y en aquel momento, sentí una infinita compasión por ella. Respondió a mis mil preguntas, saciando mi sed sobre las infinitas curiosidades que yo siempre había tenido, y que había escuchado en torno a su etnia, y sobre los mitos oscuros que habían rodeado a aquellas enigmáticas mujeres. Me di cuenta de que me hallaba ante una mujer muy valiente y muy fuerte, que ahora por fin vivía en paz rodeada de sus hijos y nietos, y que pese a su condición de refugiada, era feliz.

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Macieng adora a los niños, y cuando vio a mi hijo, le dedicó una generosa sonrisa y enseguida quiso acariciarlo. Me contó que ella misma estaba a cargo de cuatro niños del poblado.

El uso de sus anillos al cuello ha creado mitos y leyendas que no son ciertos: Se decía que lo usaban para protegerse del ataque de los tigres, ya que estos grandes felinos suelen lanzarse al cuello de sus víctimas; también había leído que los collares evitaban el ser esclavizadas por asaltantes birmanos ya que el gran peso de sus adornos les impedía realizar tareas pesadas, lo que reducía su valor como esclavas. Lo cierto es, según me contó Macieng, sin aclarar ni desmentir nada, y guardando el halo de misterio en torno a muchas cuestiones,  que cuando más largo es el cuello,  mayor es el atractivo para los hombres de la etnia, y la continuidad de su uso es, básicamente, la continuidad de una tradición milenaria.

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Los anillos en el cuello se van incrementando uno por año, desde los 5 a los 12 años de edad. A partir de esa edad, se le añaden la mayor cantidad de anillos, hasta que el cuello llegue a su tope. Los anillos nunca se quitan: Las mujeres jirafa duermen, se bañan, y hacen todos sus quehaceres diarios con ellos. Macieng me enseño el ladrillo en el que apoyaba su cabeza para dormir de una manera más confortable, y tengo que decir que aquello me pareció un arma de tortura.

Tampoco es cierto que las mujeres jirafa se mueran al quitárselos porque el cuello se pueda vencer, o dislocar. Muchas teorías aseguran que llega un punto en que los músculos del cuello quedan extremadamente debilitados y no son capaces de sostener el peso de la cabeza, convirtiéndose así los anillos en una necesidad para la propia supervivencia, y no sólo un adorno. Me aclaró que también es otro mito falso: Se pueden quitar los anillos cuando quieran, pero nunca lo hacen porque para ellas, la ausencia de anillos, es como estar desnudas ante el mundo.

Las Mujeres Jirafa de Tailandia

Macieng quiso tras nuestra charla que yo experimentara los anillos en mi cuello, tan sólo unos pocos, tan sólo una mínima parte de los que acariciaban su cuello, y decidí hacerlo.

Tengo que decir que aquello me pareció un suplicio: Apenas podía soportar el peso, tampoco podía girar el cuello y los añillos me rozaban y arañaban la piel, incluso impedían verme los pies. Tan sólo unos minutos con ellos puestos, y mi espalda se empezó a resentir por el peso de los kilos extra que mi columna tenía que soportar en aquel momento. No me puedo ni imaginar la tortura eterna que supondría llevar esos anillos al cuello el resto de tu vida, y no quitártelos nunca.

Algunas mujeres jirafa han decidido no seguir llevando los anillos al cuello. Seguir con la tradición es, hoy en día, y según mis conclusiones tras visitar el poblado, más que un tema de costumbres, hoy en día, es una salida económica: la única salida. Los anillos suponen atraer al turismo y, por tanto, tener una fuente de ingresos asegurada. Sin embargo, aún sabiendo esto, hacer un juicio negativo, no me parece justo para ellas. Es una forma honrada de ganarse la vida, ante la encerrona que les ha impuesto la sociedad en la que viven. Podrían haber elegido otros caminos, y más en Tailandia, donde el turismo sexual aflora por donde mires; y sin embargo, están ahí, en tierra de nadie, ganándose la vida como pueden, desde su condición de refugiadas.

A favor del Gobierno Tailandés, hay que decir, que apoya, desde no hace mucho, una política de concienciación colectiva acerca de las minorías Karen, y otros grupos éticos birmanos desfavorecidos (como los rohingya), que siguen siendo, por desgracia, perseguidos y asesinados hoy en día, por los dirigentes birmanos. El Gobierno Tailandés colabora con asociaciones de refugiados como ACNUR, en el proyecto de integración de las minorías desplazadas.

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Si quieres conocer más sobre este tema, te recomendamos la lectura de este artículo, donde de forma muy clara, se expresa la dramática situación que hoy en día siguen atravesando las minorías éticas, como las Tribus Karen, procedentes de Birmania. El artículo, incluye además un conmovedor vídeo que no te dejará indiferente.

Conocer la trágica situación social que se esconde detrás de estas turísticas Mujeres Jirafa de Tailandia, así como de otras tribus de minorías oprimidas, cambia, en mi opinión, por completo la perspectiva. Si visitas este poblado Karen te recomiendo hablar con las mujeres más mayores: Vivirás una experiencia diferente, y a pesar de la fachada y el escenario aparentemente artificial, conocerás, de primera mano, el drama que se esconde detrás de cada una de las sonrisas de bienvenida.

Desde estas líneas, quiero aportar mi granito de arena en defensa de las mujeres jirafa de Tailandia, y demás tribus de desplazados, contando su dramática historia y, en especial, quiero agradecer a Macieng su sinceridad, su cercanía, y hospitalidad. Por último: No te quedes sólo con la fachada turística y artificial, busca también la otra cara de la realidad.

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